CARDINAL®, Responsabilidad y Compromiso Fundamental
 

Columna 069:
Horas de angustia: el secuestro que viví

(parte 1)

 
 
 
CARDINAL®, Responsabilidad y Compromiso Fundamental
 
Por: Israel Mendoza Torres.
 
 

La mayoría de las veces en que escribo esta columna es en casa de mis padres. En lo que alguna vez fue la recámara que compartíamos mi hermano mayor y yo. La acondicioné como una recámara-oficina. Un sitio sumamente cálido. Desde ahí escribo mis colaboraciones, también, para otros medios informativos. Esa habitación es tan cómoda: huele a flores, a libros (muchos libros), a papel, a tinta, a discos, películas en Dvd...

 

Eran las cinco de la tarde. Comenzaba a guardar mi computadora personal. Mi madre y hermana salieron al centro comercial. No tardaron mucho: quizá una hora y media. Aproveché para bañarme. Salí con el pelo escurriendo de agua. Corrí rápidamente a mi recámara. Cerré. Me arreglé; todo parecía una tarde especial. Me reuniría con mi compañero sentimental (como todos los días entre semana en que ultiman nuestras actividades acostumbradas).

 

Mis parientes llegaron. Yo estaba con un pie, prácticamente, fuera: era hora de marcharse. Me despedí de mi hermana. Mi mamá me acompañó hasta la puerta de la calle (acción acostumbrada por ella y anhelada por mí). Con un beso me incliné para que me entregara su bendición. “Te vas con mucho cuidado”, me dijo.

Abordé un taxi. Bajé a una corta distancia para aguardar una camioneta de transporte público que me trasladara hasta la capital de la Ciudad de México. Así fue. El viento, que lograba colarse por la ventanilla casi abierta, golpeaba mi cara. Dormité un poco; no podía leer mi libro en turno por falta de iluminación natural y mi cansancio.

 

Copyright 1: © Steve Walker. 2: © Paco Calderón.

 

El cielo en penumbra amenazaba con una torrencial lluvia. No estábamos estacionados en temporada de lluvia. En fin. Al clima lo hemos hecho enfadar, y en serio.

 

Hemos llegado a nuestro destino. Descendí de la camioneta y caminé hasta el puente que conecta al Metrobus. Antes me detuve a ver unos libros viejos que vendían cerca. No me interesó nada y me marché. Subí a ese autobús articulado con dirección a la Colonia Del Valle. En mi recorrido veía una cantidad mesurable de gente que abordaba y descendía del vehículo.

 

En uno de esos momentos subió una familia. Fue verdaderamente asombroso y admirable verla conformada por indígenas y una joven rubia. Admirable porque el amor no tiene color de piel ni raza ni color ni idioma ni sexo ni preferencias sexuales… y ellos lo demostraron. Venían con dos niños: una mujercita que aún la traían en reboso y un chiquillo de 4 o 5 años, aproximadamente.

 

El pequeño venía con el matrimonio joven (con la rubia). Volteó a verme y se sonrió. Yo lo vi. Me recordaba mi niñez. Le sonreí. Sus padres volvieron hacia mí y sonrieron también. Era un chico travieso. Se colgaba de uno de los pasamanos dando vueltas. Suficientemente curioso: quería saber todo por todo. Así era ese niño: sin maldad, sin problema alguno; honesto y sin capacidad de ser hipócrita ante los demás. Sólo pedí a Dios le bendijera siempre para que fuera un hombre de bien. Bendiciones a su familia también imploré. ¡Qué bella familia!

 

Descendí del Metrobus. Ahí esperaría a mi compañero sentimental. En ese momento no llevábamos automóvil: un mes atrás había chocado en una carambola y se encontraba en el taller. ¡Vaya, qué suerte! Y el cielo ya no podía aguantarse más, llovería, eran un hecho.

 

Me senté en el paradero que está frente a la estación del transporte en el que me trasladé. Tomé mi libro y lo abrí en donde el separador me lo indicaba. Leí dos páginas y el hombre que esperaba llegó. Nos saludamos como a cada encuentro nuestro.

 

Nos dimos cuenta que no traíamos con nosotros el suficiente cambio para pagar el servicio de taxi. Los choferes de estos automóviles particulares de transporte no siempre reciben billetes de más de cien pesos; sólo si el taxímetro indica una cantidad cercana a esa denominación. Decidimos a travesar avenida Insurgentes para llegar a una tienda de abarrotes que se encontraba al otro extremo (Insurgentes norte-sur) a cambiar un billete. Entramos indecisos sobre nuestra compra. Tomamos dos sándwiches y un jugo de manzana del congelador. Pagamos.

 

El joven cajero nos indicó que no tenía cambio de un billete de doscientos pesos. “¿Cómo va a ser eso posible?”, le indicó, con firmeza y sin molestia, mi pareja. Una de las chicas, que también labora en esa tienda de 24 horas, se hallaba contando dinero: monedas y algunos billetes de veinte pesos. El chico blanco, con descuidada apariencia y gorra, revisó nuevamente y se dio cuenta del error. “Sí, disculpen”. Nos entregó el cambio y salimos de la tienda con un “gracias, buenas noches”.

 

Volvimos al extremo de la avenida —donde originalmente nos encontrábamos—. Comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia. Irrefutablemente. La noche era estable, acogedora. Hicimos la señal de solicitud a un taxi que circulaba por allí y no se detuvo; venía ocupado. El próximo taxi que vimos venir tenía que ser el ‘bueno’. El reloj marcaba las 10 de la noche. El conductor nos miró desde el cristal. No se detuvo al instante: un metro de distancia después. Volvimos la cabeza y nos dimos cuenta que se había parado. Nos dirigimos apresurados al auto.

 

Abordamos el taxi. Inmediatamente después de habernos subido, dijimos “buenas noches” al conductor. Él no contestó. Sólo miraba por el retrovisor izquierdo. Después, con una sonrisa fingida, correspondió al saludo, el hombre moreno de 30 o 35 años, aproximadamente. Le indicamos a dónde nos dirigíamos y por dónde irse. Así lo hizo.

 

Nosotros nos miramos con la complicidad sentimental que nos une. Nos guiñamos el ojo, sin ser evidentes, y le entregué el sándwich que había elegido en la lonchería. Él ya tenía apetito; se sentía un poco raro: el azúcar quizá había bajado sus niveles. Yo sólo pensaba comer un trozo de ese rico emparedado de carnes frías. Mi pareja le dio una mordida y le pregunté si sabía rico. Él me hizo una seña con su mano izquierda que no estaba mal; tampoco tan sabroso.

 

El taxista nos miraba por el retrovisor que consumíamos los alimentos. Le descubrí; no le tomé importancia al asunto. Ya estábamos dando vuelta. Nos detuvimos en el primer semáforo, marcaba la luz roja: al costado derecho estaba un edificio en donde las sillas de todo tipo de modelos únicos se venden. El olor al pavimento húmedo era evidente. El volumen de la estación que marcaba el estéreo del taxi era tenue.

 

No sabíamos que nuestra vida cambiaría a pocos metros, pocos minutos de ese semáforo en alto. No pensamos que esa era la oportunidad perfecta para descender del automóvil y cambiar nuestro destino. No fue así. Quién lo sabría. Sólo tres personas. Y esas jamás nos lo advertirían. Por supuesto que no. Ese era el plan.

 

Pasamos a la segunda calle. Al costado izquierdo está una tienda de abarrotes (similar a la primera en donde cambiamos el billete); afuera hay un vendedor de tamales y atole —en cierta ocasión le compramos—, y una señora vendiendo esquites y elotes. Enseguida, en la esquina, una local de tacos al pastor y otros ingredientes más (enfrente un local, color aluminio, de flores sobre el camellón). Dimos vuelta en esa esquina.

 

Justamente en la calle donde los tacos, pero en la esquina (derecha, se detuvo el taxista. Estaba muy oscuro. Comúnmente está así desde que circulábamos por ahí. No hay alumbrado público. Me di cuenta que no había problema para salir. Por qué se detenía el taxista. Estuve a punto de indicarle que no tenía problemas, que estaba libre para pasar. Pero esos segundos fueron los puntos clave.

 

Inmediatamente volví mi cara hacia el lado derecho, pasé mi mirada a través de mi pareja (que se encontraba de ese lado) y logre ver a dos tipos que se acercaban. Un golpe muy fuerte se escuchó en las portezuelas del automóvil. Como si hubieran pegado en un tambor. No podía creerlo. El taxista no hacía nada por alejarse, por huir, por impedir que abordaran. Abrieron las puertas con cierta dificultad del lado derecho: la delantera y trasera.

 

“Háganse para allá hijos de su puta madre” dijo el hombre que se subió con nosotros atrás: apiñonado, corpulento, alto (quizá 1.80 metros de estatura); traía consigo un pantalón de vestir oscuro, chamarra de piel negra que brillaba (parecía nueva) y camisa clara. El terror apenas comenzaba. No sabíamos qué hacer. El miedo, coraje y la impotencia nos invadió. En ningún momento escuchamos que el sujeto delantero, le indicara al taxista a dónde dirigirse. Sólo sentimos que el auto se desplazó rápidamente.

 

Ese mismo sujeto, que vestía muy similar al otro, nos mostró un desarmador largo (tal vez unos 20 centímetros). “No les va a pasar nada si cooperan con nosotros”, nos dijo. Atrás, con nosotros, el hombre (que no tiene ni una sola cualidad para llamarle así; sólo varón, por los genitales masculinos) nos reveló las instrucciones; las memorizó, puedo asegurarlo, parecía un speech (pequeño discurso).

 

­—Miren, no hay por qué recurrir a la violencia. Si hacen lo que les digamos se van a poder ir rápido y aquí no pasó nada… ¿Se quieren ir?

 

Nos preguntó con petulancia y burla. No sabíamos qué decir, sólo lo que nos venía a la cabeza para que todo pasara rápido. Mi pareja le dijo con nerviosismo, pero sin perder la cordura:

 

—Estamos jodidos. No tenemos dinero. Sólo lo del pasaje. Vivimos al día.

 

—Nosotros también; por eso hacemos esto.  Vengan los celulares… denme los celulares… ¡Ay, están chidos éstos! Denme las mochilas… quítense los lentes y me van a cerrar bien los ojos. No los abran o los pico. Y ¿no quieren eso, verdad? Somos de la PGR. No hagan ninguna pendejada o les meto un balazo. Atrás viene un Stratus (modelo de automóvil) siguiéndonos. El chofer ya se dio cuenta. ¿Verdad taxista?

El taxista respondió sin ninguna aflicción. No había temor en sus palabras. El olor a angustia, terror, miedo que nosotros transpirábamos no se distinguía en su voz.

 

—Sí, ya lo vi.

 

—Ya ven; estamos hablando al chile. Somos de la PGR, y en nuestros ratos libres hacemos esto. Ya ven que la crisis está muy dura. Así es que ni se les ocurra denunciarnos porque los vamos a encontrar y ahora sí les metemos unos plomazos. ¿Entendieron?

 

—Sí.

 

Los nervios nos traicionaban y abríamos los ojos. El sujeto que todo el tiempo estuvo a nuestro lado nos indicó con mezquindad.

 

—No me abran los ojos; ya les dije. No les quiero hacer daño… ya les dije. Si no quieren que los pique mejor manténganme cerrados los ojos y así todo es más fácil.

 

 

El tipo de enfrente comenzó a hurgar nuestras pertenencias sin minuciosidad. Leyeron nuestras identificaciones. Nos preguntaron dónde vivíamos. En ese momento pensamos que nos dirigiríamos para allá. El miedo nos apretaba el cuello.

 

El olor a loción (que aún no logro identificar) provocaba nauseas en mí. Trataba de escuchar con atención. De acercarme a los sonidos con prolijidad. Trataba de contar mentalmente las vueltas que dábamos en el auto. Fueron las suficientes para olvidar cuántas recorrimos. La lluvia se calmó; lograba escuchar y oler su ausencia. Todo parecía rápido. Recorrían con sus manos nuestros portafolios. Insistentemente nos preguntaron dónde trabajábamos; no les dijimos.

 

—Estamos jodidos. Soy desempleado y sólo voy a la escuela. Y él es empleado de un área administrativa. Ya ven que ellos no ganan lo suficiente.

 

Le dije con seguridad para no delatarme. Y él así lo entendió. No había motivos para no creernos: no somos ostentosos en nuestra vestimenta. Tampoco traíamos tarjetas de crédito. Sólo dinero en efectivo.

 

—Estamos cooperando, no nos hagan nada.

 

Le dije con insistencia. Y parecía entender la suplica.

 

— ¿Ya se quieren ir? Ya casi acabamos, no se me preocupen. No pasa nada. No les estamos haciendo ni un rasguño. Pero si se siguen portando como hasta ahora los vamos a dejar ir rápido. ¿Ya ven que no hay necesidad de violencia? Creo que vale más su vida que lo material. Ustedes aprecian más su vida que lo que traen, ¿no? Porque es más valiosa una vida que cualquier cosa.

 

--- Continúa la próxima semana…

 

 

IMPORTANTE: Copyright © 2011 Israel Mendoza Torres. La columna ‘Cardinal’, así como El logotipo y nombre de ‘Cardinal’, están resguardados bajo los términos del Derecho de Autor. Prohibida su reproducción parcial o total sin autorización por escrito de su autor.

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¡Hasta la próxima!
 

 
 
 
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