CARDINAL®, Responsabilidad y Compromiso Fundamental
 

Columna 070:
Horas de angustia: el secuestro que viví

(parte 2)

 
 
 
CARDINAL®, Responsabilidad y Compromiso Fundamental
 
Por: Israel Mendoza Torres.
 
 

--- Continúa de la semana pasada…

 

Habíamos perdido la noción del tiempo. Sólo queríamos, suplicábamos, mentalmente que toda esa pesadilla se acabara. No pedíamos más. Rezábamos lo que nos sabíamos desde nuestra niñez, lo que acostumbrábamos pedir, lo que estuviera a la mano en nuestra memoria.

El mismo tipo que seguía atrás con nosotros nos revisó la vestimenta, que no trajéramos nada. Nos exigió que nos dobláramos las mangas para mostrarles si traíamos relojes o accesorios.

 

—Quiero que me entreguen relojes, cadenas de plata o oro (sic). Medallitas; todo lo que traigan. Y nada de pendejadas, porque si les reviso y les encuentro algo de valor no se las van a acabar, me los pico. Mejor flojitos. Más vale su vida, ya les dije.

 

Cada palabra, cada insinuación, cada susurro, cada movimiento, cada soplar del viento eran aterradores para nosotros. Con los ojos cerrados le pedía a mi pareja, con dolor, que por favor no abriera los ojos. Tenía mucho miedo… terror de que le hicieran daño. Siempre nos mencionaron una pistola; nunca la vimos o la sentimos o la escuchamos.

 

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Éramos el taxista, los dos tipos que se subieron abruptamente y nosotros dentro del vehículo; no nos percatábamos del ruido de otros automóviles, de las personas, de alguna patrulla. La escena se tornaba cada vez más hostil. Pensé que sería la última vez que sentiría la brisa de aquella noche contrastante.

 

—Tú taxista ¿cuánto traes de dinero?

 

—Como 700 pesos.

 

—Pues vienen. Te voy a quitar el estéreo, sí tienes, ¿no?

 

—No, no tengo.

 

Inmediatamente logre abrir el ojo izquierdo (ese que no lograban verme) y pude darme cuenta que el taxista sonreía después de negarle, al infame de adelante, el radio estéreo que sí tenía instalado en su automóvil. Jamás escuchamos que buscaran en el automóvil. Sólo se escuchaban los cierres (braguetas) de algunas bolsillas de nuestros portafolios. Fueron interrumpidos por nuestro acompañante cercano.

 

—Sabes qué, hay que apurarnos porque este pinche taxista es de sitio, ¿verdad, taxista?

 

—Sí

 

—Ahorita nos van a estar localizando por vía satélite. No se preocupen ya se van a ir.

Esa misma advertencia, y a la vez esperanza, la veníamos escuchando casi desde que se subieron. Pensamos que sólo estaban burlándose de nosotros. Que querían sembrarnos más miedo del que ya nos cubría. Lo único que respirábamos era intranquilidad, miedo, dolor, angustia, impotencia…

 

Pero la advertencia última parecía tener validez esta vez.

 

—Tomen sus mochilas. ¡Qué las agarren! Cuando se detenga el taxi se van a bajar del lado en que yo me baje. Sin abrir los ojos se recorren hasta la puerta. Con la cabeza hacia abajo van a caminar dándonos la espalda. Si voltean les meto un balazo a cada uno. Y no me estoy andando con pendejadas. Van a caminar sin voltear o el carro que nos sigue se los echa.

 

Así fue. Memorizamos las indicaciones. No queríamos equivocarnos. Sería fatal. Al menos así nos lo hicieron saber. Y no deseábamos averiguar nada más. Pero nos reiteró, con profunda prepotencia, su procedencia policial: la PGR. Y que no nos atreviéramos a hacer denuncia alguna o lo lamentaríamos en serio.

 

Hasta ese momento “cooperamos” con los delincuentes. No hicimos ninguna acción que los pudiera molestar. Acatamos sus órdenes tal cual nos las indicaron. El miedo también nos propició de fortaleza para ser inteligentes y mantener la situación controlada (dentro de nuestras posibilidades).

 

Y así ocurrió. Bajamos del automóvil. Nuestro acompañante de lugar esperó a que descendiera yo, que estaba al último, y nos tomó del hombro a cada uno. Comprobé que el tipo era muy alto y corpulento. Cuando agaché la cabeza traté de ver, con el rabillo del ojo, el auto. No encontraba señal de las placas. Y decidí no arriesgarme más y bajé la mirada. Tomaba del brazo derecho a mi pareja. Estábamos muy nerviosos, asustados, aterrados.

 

—Ya saben lo que tienen que hacer. Y cuidadito, que los estoy vigilando…

 

En ese momento me vino a la mente que nos apuntaría con el arma y la dejaría ir contra nosotros mientras andábamos sobre la acera.

 

Caminamos como nos lo señalaron. Sobre esa misma acera, y sin decir nada, había gente en un puesto ambulante de quesadillas, gorditas… unos de pie y otros sentados sobre la guarnición despintada de la banqueta: algunos jóvenes con camisetas blancas; unos rapados. ¿Por qué nos dejarían a la vista de esa gente? Quizá, sean del barrio. Por eso la gente nos miró y no hizo absolutamente nada, nada.

 

Por un momento me tropecé con un tubo que sostenía la lona amarilla que cubría el negocito. Y logré esquivar el obstáculo para no caerme y no retrasar más nuestro andar. Seguimos caminando. Le pregunté a mi pareja, después de alejarnos de esa gente y con la calle comenzándose a dibujar en penumbras, si se encontraba bien. Afortunadamente su respuesta me tranquilizó.

 

Con los brazos cubriendo nuestros portafolios, él con el mío y yo con el suyo, seguimos. Teníamos que desaparecer de ahí lo antes posible pero con mucha precaución. Y se me ocurrió una idea; quizá era parte de la mera intuición.

 

—Vamos a caminar dos calles más y damos vuelta a la izquierda

 

—Sí

 

No me preocupaba nada más que alejarnos de esa dirección en que nos enviaron. Dimos la vuelta como quedamos. La vimos muy solitaria esa esquina. Estaba sin luz. Pero era perfecta para huir. Necesitábamos llegar a una avenida. Requeríamos alejarnos. Nos topamos con dos señores de pelo blanco. Les pedí que nos orientaran, que nos dijeran en dónde nos encontrábamos. Y les revelamos que habíamos sido secuestrados a bordo de un taxi y dejados ahí, sin dinero.

 

Ellos nos indicaron en qué colonia estábamos. Eran las 12: 15 de la noche, así nos lo informaron. Estuvimos en cautiverio poco más de dos horas, mismas que nos parecieron eternas, demasiadas.

 

Me vieron muy nervioso, y la señora, amablemente, me dijo que primero respirara, que me tranquilizara. Fue en ese momento cuando mi pareja hizo la parada a un taxi para que nos fuéramos de ahí. Agradecimos a los señores, a quienes enviamos bendiciones.

 

Llegamos a casa, sanos y salvos, en el segundo vehículo que abordamos. Brevemente le comentamos al taxista y él dijo que era casi de todos los días. Le pareció tan normal como normal es el tráfico en esta ciudad. Este tipo de experiencias ya no sublevaban a los demás.

Al llegar, llamamos a nuestros familiares para informarles y no fueran victimas de extorsión. Quisimos dar de baja nuestros teléfonos celulares; Telcel atiende hasta las 10 de la noche —deberían de asistir las 24 horas, sobre todo en la noche cuando este tipo de inesperados eventos ocurren—. No hubo forma de avisar a nadie más. Cuando nos sentamos en el desayunador, nos miramos y dijimos “gracias a Dios estamos vivos”.

 

Se levantó. Dio la vuelta y llegó hasta mí ese ser que amo con toda mi alma. Lo miré y no pude más: el llanto se apoderó de mí, mientras mis brazos recorrían su espalda en busca de protección. Le abracé con añoranza. Percibí su olor. Sentí su piel. Y le reconocí: estábamos juntos y con vida. Me tranquilizó con palabras que sólo él sabe pronunciar en momentos difíciles. Yo sólo le dije “te amo”.

 

 

El resto de la noche fue en vela. No pude conciliar el sueño: a cada intento de cerrar los ojos veía aquella escena aterradora, el desarmador señalándonos. Olía al desagradable hecho.

 

Los días posteriores no fueron nada fáciles. Terribles. La cabeza me daba vueltas. Veía acercarse taxis y me escondía detrás de un poste o paradero cercano. Escuchaba voces detrás de mí y volvía inseguro. Nada volvió a ser igual. Sí, si provocaron un daño: el psicológico. Ese daño es mucho más lacerante que cualquier otra cosa.

 

La inseguridad emocional se apodera de las víctimas del secuestro. La denuncia es nuestro deber, pero cuando se entrelazan el miedo y el deber, siempre hay que elegir. Acudir al Ministerio Público es entrar a un nuevo y peor infierno con los mismos actores, pero reforzados. El enemigo está en casa. No queremos averiguar si pertenecían a la PGR, como nos lo presumieron; sólo queremos vivir en paz. Quedaba una opción y por esa optamos: la denuncia anónima.

 

Ésta es mi denuncia pública. Un acto más de los miles que ocurren en este país, en los mismos lugares. No coloqué nombres de las colonias por seguridad nuestra.

 

Estamos hartos del vivir con miedo. De seguirle pagando a uno barbajanes que sólo se burlan de nuestra inteligencia. De pagarle a gente inepta que sólo se sienta en las curules a dormir, levantar la ‘manita’, cubrir la asistencia, revolcarse en la trifulca de ideas… para después pasar por un cheque enorme (mismo que ellos se avalan).

 

Estamos hartos de que nos quiten lo que, con esfuerzo, hemos obtenido. Estamos hartos de vivir secuestrados en una vil contienda electoral en donde los principales actores creen estar en un corral esperando comida, y más comida, y más comida. Esa clase de políticos, que nos ven por encima del hombro, no son más que delicadas marionetas capaces de cortarle los hilos a quien le signifique una amenaza. Son sólo pandilleros de alcantarilla que se perfuman; la podredumbre se percibe, aún, a través de las fragancias y telas importadas.

 

Los mexicanos no podemos permitir que sigan haciendo de nuestro país un chiquero mientras ellos viven en la casa grande. Somos seres humanos, no esclavos de cobardes, mediocres e ignorantes. Porque es más ignorante un político, servidor público, que se enriquece a costillas de los trabajadores que aquellos que llaman ‘indios’ (los indios están en India; se llaman indígenas y son el tesoro de nuestras raíces).

 

No sólo salgamos a decir quién merece ser un “mexicano ejemplar”, empecemos educándonos, leyendo, estudiando nuevas culturas para construir un cerco de personas pensantes, y no de esclavos. Necesitamos liberarnos de este lúgubre letargo.

 

 

IMPORTANTE: Copyright © 2011 Israel Mendoza Torres. La columna ‘Cardinal’, así como El logotipo y nombre de ‘Cardinal’, están resguardados bajo los términos del Derecho de Autor. Prohibida su reproducción parcial o total sin autorización por escrito de su autor.

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La vida no es más que el fruto de lo que vamos construyendo. No hagamos lo que no queremos que un día nos hagan a nosotros; porque el tiempo es sabio y pone todo en su lugar, tarde o temprano. . . No hagamos sexo por el simple hecho de hacerlo; porque las enfermedades serán la peor consecuencia… La mejor arma contra la ignorancia es la lectura; aprendamos a leer más para ampliar nuevos horizontes en nuestra mente…

 

 

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¡Hasta la próxima!
 

 
 
 
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