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Columna 081:
El regreso a casa del pelirrojo Samuel

 
 
 
CARDINAL®, Responsabilidad y Compromiso Fundamental
 
Por: Israel Mendoza Torres.
 
 

Samuel siempre fue un chico saludable, lleno de energía. Con sus escasos 17 años y lleno de muchos sueños se sentaba, todos los días, a la orilla de un monte, cerca de su casa. Ese era su lugar favorito después de la larga y pesada jornada de trabajo al lado de su madre en los sembradíos. Samuel miraba a lo lejos imaginándose aquel día en que todo cambiaría en su vida. Y así pasaban las horas hasta que el sol amenazaba con dormir. Era momento de ir a lavarse los pies y las manos para sentarse a cenar.

 

—¡La mesa está servida!— anunciaba Doña Antonia, mamá de Samuel, Rosa, Martina y Gonzalo, de 17, 15, 13 y 6 años respectivamente. Como era costumbre, y a falta de su padre, el hermano mayor tendría que oficiar la oración de los alimentos. Ahora sí, a disfrutar de los frijoles refritos servidos con chorizo y queso rallado, atole de avena y un bolillo cada quien. El aroma del brasero y el ruido que los pollos hacían era el ambiente de todos los días.

 

Amaneció, era otro día más. Samuel le dijo a su mamá que quería hablar con ella a la hora de la comida. —¿Estás bien, te ocurre algo? Seguro peleaste con los hijos de Don Silvestre, ¿verdad?— Doña Antonia cuestionó a su hijo. —No mamá, no es eso, es sobre algo que he estado pensando. Lo hablamos en la tarde, ya se nos hace tarde y los burros ya terminaron de comer. Hay que irnos—. Y fue así como Samuel se montó a un burro, el cual cargaba una carretilla vacía; Rosa y la mamá se montaron a otro trasladando consigo dos canastas grandes.

 

Fotografías: © BelAmi Modelo Jacques.

 

Enervados y con el sudor en la frente y espalda retornaron a casa. Martina se encargaba de cocinar para su mamá y sus hermanos. Gonzalo, al regreso de la primaria, les daba de comer a los pollos y a los dos cerditos que tenían. Sentados en la mesa, comiendo huevo revuelto con chorizo, acompañados con frijoles recién hechos de la olla, agua de limón y tortillas hechas a mano. Martina se paraba a cada momento para ir a traer las tortillas que terminaban de hacerse en el comal.

 

En el ir y venir de Martina, —Mamá, voy a irme a trabajar a la ciudad de México— inesperadamente aseveró Samuel a su mamá. Martina con las tortillas en la mano se sentó y, al igual que todos, se quedó en silencio, como si un ruido enorme los hubiera mantenido así. —Pero ¿qué vas a hacer allá tan lejos, sin nadie? ¿A dónde vas a vivir?— con los ojos inundándose por las lágrimas Doña Antonia le preguntó a su hijo.

 

—Sólo faltan dos días para que cumpla los 18 años, podré trabajar allá y mandar dinero para que salgamos de ésta pobreza. No quiero que nos la pasemos comiendo frijoles, huevo, salsa y tortillas para siempre. Ya está próxima la navidad y ni árbol podemos tener—. Con la voz quebrándosele, el hijo mayor participaba de su decisión.

 

La mamá no podía creerlo, sentía que al irse el hombre de la casa (como hace años el padre se fue, en busca de un buen empleo y una mejor vida, y nunca volvió) no regresaría jamás. Pero con la fuerza que siempre identificó a Doña Antonia le dijo —que Dios te bendiga hijo mío. No sé si volverás, pero siempre estarás en nuestro corazón. Haz lo que mejor creas conveniente y vuelve si no tienes éxito, aquí te estaremos esperando—.

 

El 23 de diciembre, a las seis de la mañana, Samuel con sus maletas en mano se dirigía a la sala donde sus hermanos y su madre lo esperaban con la tristeza enorme que los embargaba.

 

—No se pongan así, volveré; les juro que volveré. No sé cuándo pero me tendrán de regreso. Rosa, ahora tú eres la que llevará las riendas de la casa después de mi mamá. Martina, tendrás que poner más empeño para ayudar en la casa. Gonzalito, prométeme que seguirás estudiando y que harás tu tarea como hasta ahora y que te vas a portar bien con mamá y con tus hermanas. . . Mamá, le prometo que regresaré por ustedes y nos iremos a vivir a una casa donde no pasemos frío, hambre ni padezcamos la temporada de lluvias—.

 

El autobús salía a las 7:10 de la mañana de la estación del pueblo, en Chiapas. Samuel, quien se caracterizaba por su cabello rojizo y pecas en las mejillas, se separaba de la comunidad que lo vio nacer, pero de la que también recibió golpizas a causa de la pobreza extrema en la que vivía. Hacia la ciudad de México. Con una maleta grande y una caja de cartón amarrada con mecate, sentado en la parte media del autobús, recargando su cabeza en el cristal de la ventana, veía como se separaba de su pueblo.

 

Llegó a la Terminal de la ciudad de México, bajó del autobús y sin rumbo fijo camino hasta llegar a un restaurante que buscaban un lava lozas y preguntó sobre el empleo. Lo consiguió. Dormía en el establecimiento, en un  cuarto que se encontraba junto a la cocina; fue por un arreglo que sostuvo con los dueños del lugar. Su sueldo era muy poco, pero lo que podía lo ahorraba hasta que un día se dio cuenta en el periódico que buscaban a hombres delgados, altos y atractivos sin experiencia para una nueva cartera de modelaje. Pidió permiso al matrimonio, dueños del lugar, y fue.

 

Lo contrataron. Dentro del contrato que firmara, Samuel se tenía que comprometer a que durante un año estaría dentro de la escuela para capacitarse como modelo. Así surgió su primer empleo. Lo conocieron y surgió el segundo. Mandaba dinero a su mamá; cada vez era más la cantidad. Cada vez más era el éxito de aquel pelirrojo con pecas en el rostro que dejó su natal Chiapas.

 

Doña Antonia, por un lado estaba tranquila de que su muchacho estuviera bien y con trabajo; pero por el otro, le preocupaba la forma tan rápida de ganar dinero. Samuel le decía, a través de sus cartas, que era producto de su desempeño en el restaurante, pero no era así. La razón por la cual Samuel le escondía a su madre la forma en que ganaba el dinero era porque él vivía en un departamento con otro chico, su novio. Desde siempre se dio cuenta que era homosexual (por eso es que los hijos de Don Silvestre lo molestaban), pero no quiso mortificar a su madre diciéndole algo que podría lastimarla, sobre todo porque era el encargado de la familia desde que su padre los abandonó.

 

Pasaron así cinco años. El departamento de Samuel cada vez se hacía más lujoso, y así como pasaban muebles pasaban hombres. Una tarde, sentado en su sofá que se encontraba en el cuarto de televisión, pasaron un anuncio comercial sobre la navidad y sabía que de nueva cuenta estaría en un antro compartiendo vino y besos a cuantos le gustaran. Pero sabía que en verdad estaría solo al volver a su cama. Necesitaba sentir el abrazo de su familia y recordó lo que le dijo aquella tarde, a la hora de la comida, su mamá — No sé si volverás, pero siempre estarás en nuestro corazón—, una lágrima recorrió su mejilla hasta que cayó en su mano. Se paró, se fue a su habitación y se metió a las cobijas para dormir.

 

Cada navidad era más dura, sabía que estaba ganando dinero y que su familia estaba viviendo mejor que antes, pero no se sentía bien por la vida que estaba cargando. Nunca nadie le dijo que era un chico guapo, y cuando comenzaron a contratarlo, precisamente por aquello que según él no tenía, vino la promiscuidad. A pesar de tener a hombres que se morían por él, nunca pudo sentir amor por ninguno de ellos, y eso era lo que lo hacía sentir mal. Hasta que encontró a Emmanuel, quien le recordó que tenía una familia, que ellos estarían felices comiendo frijoles y huevo, pero juntos.

 

Sábado 24 de diciembre; siete años después.

 

La familia de Samuel preparaba los alimentos que ofrecerían a Dios antes de llevárselos a la boca. Martina de pronto oyó que la cerdita que tenían estaba a punto de dar a luz. Todos salieron a auxiliarla. Eran casi las 10:10 de la noche. Dos cerditos nacieron; buscaban a su mamá, quien estaba cansada del proceso de parto. Felices todos por la llegada de dos animalitos más.

 

Doña Antonia dijo —vayámonos a arrullar al niño que ya casi es hora de cenar y se va a enfriar todo. Entraron a la casa y se dirigieron al árbol de navidad que les enviara el hijo mayor desde la ciudad de México; vaya sorpresa que se llevaron, el niño Dios no estaba. Comenzaron a buscarlo y nada. Las manecillas del reloj amenazaban con colocarse a las 11:50 de la noche.

 

 

—No puede ser, pero si lo dejamos hace un momento aquí, ¿no lo dejaríamos en el establo?— dijo Rosa. —No, pues antes de irnos lo dejamos en su pesebre— aseguró Gonzalo, quien ya había cumplido los 13 años de edad. De pronto la luz se fue, había que correr por las velas. Las encendieron y decidieron irse a sentar a la mesa, pues ya casi darían las doce de la noche, momento de orar, brindar y cenar.  Llegó la luz. A lo lejos, cerca de la sala se oía una letanía. Y todos voltearon y descubrieron que era Samuel. Salió de atrás de uno de los sillones y traía consigo al niño Dios. Todos corrieron a abrazarlo.

 

Samuel era todo un hombre, guapo, fornido y vestido con muy buena ropa. Había dejado su automóvil cerca de la casa. Traía regalos para todos, un pavo ya preparado. Doña Antonia sabia que lo que había ocurrido con el alumbramiento de la cerdita era un muy buen augurio —sabía que regresarías; tarde o temprano volverías—. El chico pelirrojo tomó entre sus brazos a su madre —y yo le dije que regresaría por ustedes—. Las doce exactas marcaban el reloj —¡Feliz navidad!; otra vez juntos— gritó entusiasmado Gonzalito.

 

Ya para el año nuevo, Samuel llevó a Emmanuel, con quien toda la familia se sentía a gusto. Realmente no importaba lo que fuera su hijo, lo importante es que era feliz y todos así lo eran también.

 

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Felices fiestas para todos. Lo importante es el alimento del alma, ese que sólo puede darnos nuestras familias, nuestros amigos. Regalemos una hermosa sonrisa a todo aquel que veamos, aunque no sea correspondida, ese será un inmenso regalo para la humanidad… siempre, les desea, Israel Mendoza Torres.

 

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[‘EL REGRESO A CASA DEL PELIRROJO SAMUEL’ © 2007 ISRAEL MENDOZA TORRES / TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS / SE PROHIBE LA REPRODUCCIÓN PARCIAL O TOTAL, EN CUALQUIER MEDIO DE DIFUSIÓN, SIN AUTORIZACIÓN DE SU AUTOR]

 

 

IMPORTANTE: Copyright © 2011 Israel Mendoza Torres. La columna ‘Cardinal’, así como El logotipo y nombre de ‘Cardinal’, están resguardados bajo los términos del Derecho de Autor. Prohibida su reproducción parcial o total sin autorización por escrito de su autor.

 

© La vida no es más que el fruto de lo que vamos construyendo. No hagamos lo que no queremos que un día nos hagan a nosotros; porque el tiempo es sabio y pone todo en su lugar, tarde o temprano. . . No hagamos sexo por el simple hecho de hacerlo; porque las enfermedades serán la peor consecuencia… La mejor arma contra la ignorancia es la lectura; aprendamos a leer más para ampliar nuevos horizontes en nuestra mente…

 

 

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¡Hasta la próxima!
 

 
 
 
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