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Columna 082:
Ser homosexual y llegar a los 30

 
 
 
CARDINAL®, Responsabilidad y Compromiso Fundamental
 
Por: Israel Mendoza Torres.
 
 


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La columna de hoy es un homenaje a la vida, a la libertad… misma que no podrá celebrar el chileno Daniel Zamudio Vera † [1987-2012], pues fue objeto, hace unas semanas, de un ataque brutal a sus cortos 25 años de edad. Lamentablemente tuvo una muerte dolorosa, agonizante y vergonzosa (pues nadie merece morir con heridas en el cráneo, lacerado su abdomen para tatuar una insignia neonazi, con las piernas destrozadas…).

 

Desde este espacio, nuestros abrazos y solidaridad a la familia, amigos y gente allegada a Daniel que en estos momentos no encuentran la paz en sus almas. Seguramente, Daniel está a su lado, limpiando cada una de sus lágrimas y cubriéndolos con los abrazos. Descanse en Paz.

 

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Hace poco que llegue a una nueva etapa en mi vida: cumplí 30 años. Estaba tan emocionado por hacer una enorme celebración. De esas a las que estamos acostumbrados cuando festejamos un suceso importante en nuestras vidas: los esperados 15 años, los 18… la graduación, la boda, etcétera.

 

Sabía perfectamente qué quería. La lista de invitados que comprendía desde familia, amigos, compañeros de trabajo, colegas… un menú delicioso que encantara hasta el más delicado paladar. Y como no soy de bebidas alcohólicas, sería algo especialmente para los que sí estuvieran emparejados a este gusto.

 

Fotografías: © Desconocidas. Pertenecientes al autor.

 

Finalmente no ocurrió así. Fue una decisión propia. Un día, llegando a casa, me senté bajo una luz tenue y con un café delicioso al lado. Y comenzó todo. Las reflexiones provenían indistintamente por doquier. Estaba sentado en casa, con una formidable tranquilidad. Sano. Puedo presumir que aún cuento con mi familia cerca. Amigos entrañables que nunca dejan de estar en mi vida. Compañeros a quienes les he aprendido parte de mis conocimientos. He leído una cantidad considerable de libros y continúo estudiando –eso, creo que jamás se terminará–.

 

En fin. Tantas experiencias conjuntas que hoy celebran, junto conmigo, tres décadas de existencia. Y eso es lo más importante: celebrar la vida, los conocimientos, los amores –llámese familiares, de pareja, de amistades, de animalitos de compañía–, los sueños cumplidos… Celebrar que estamos vivos, que durante este andar hemos sembrado y cosechado triunfos y errores; que nos hemos sabido levantar de tanta adversidad; que hemos salido victoriosos de esta constante lucha por la vida, y que seguimos en una nueva etapa de la meta.

 

Y emprendí un desenrede de cada hebra de comentarios realizados –no a mí, pero seguramente que ahora los tomo más en cuenta– sobre los 30. Todos eran eslabones tan poderosos que creaban cadenas tan resistentes difícilmente de fragmentar. Es cadena se ha alimentado de muchas cuestiones, todas alimentadas por la ignorancia: llegar a los 30 años y ser homosexual es comenzar una dura pena y enlistarse para decir adiós a las amistades; de renunciar al amor y comenzara  pagar por él. Fue catastrófico escuchar todo eso.

 

Tantas pociones mágicas han abanderado los canales de televisión, los espacios radiofónicos, las páginas de revistas y los parabuses consagrando el mensaje íntegro a la eterna juventud. Tónicos, bótox, cremas y ungüentos para quitar las arrugas, las estrías… todo eso que la propia naturaleza humana nos regala como ejemplar único de nuestra enorme batalla contra el tiempo. Y no significa que hayamos tenido victorias nulas por cada plisado que aparece en nuestra cara, sino que somos más fuertes y hemos logrado vencer a la muerte.

 

“¿30 años? Uy, ya estás anciano”, “Le tengo miedo a ser viejo, por eso espero morir antes de cumplir 30”, “Cuando cumples 30 años es como firmar el contrato para tu funeral social”, “Llegar a los 30 años es comenzar a rogar por amor y sexo”.

 

 

Muchos homosexuales se deprimen porque le permiten la entrada a todo ese virus social que lo único que hace es envejecer el alma, el pensamiento. La destrucción es eminente cuando le entregamos poder a aquellos que amargamente se dejan llevar por lo que “todo mundo exige”.

 

Entre más acumulación de años más lúgubre suele sentirse la gente. La juventud es un enorme regalo, así como cada etapa de la vida.

 

En la etapa infantil nos damos el lujo de no preocuparnos ni ocuparnos de nada más que de recibir. Sin dejar a un lado, las carencias que algunos puedan o no tener.

 

En la adolescencia, nuestra lucha constante es contra el juicio propio que vamos a forjarnos por lo que es bueno y lo que no, el acné, los cambios hormonales. A final de cuentas, nada es bueno y nada malo, y dependemos, a la vez, de esos eslabones dentro de nuestra vida para darle un equilibrio. Y como alguien me dijo “ahorita eres como una esponjita: absorbe todo los conocimientos que puedas; ahora es cuando”.

 

 

Otro asunto es la juventud de los 20. Bella y magistral juventud veinteañera que nos permite ir de un lado para otro, de hacernos hombres y mujeres de provecho, luchando por nuestros sueños y buscando las oportunidades para tener una mejor calidad de vida.

 

Las posibilidades que nos brinda la juventud, según así lo deseemos, es el puente para una mejor estancia dentro de nuestro camino: elegir a las personas que queremos para nuestra vida, mantener a las que ya están en ella; consolidar nuestros sueños, creándonos otros cada vez más complejos; trabajar por conseguir nuevas oportunidades; ser responsables y honestos con nosotros mismos.

 

El sexo es un paraíso interminablemente descubierto y las experiencias nos envuelven, en muchas ocasiones de manera irresponsable y de riesgo. Cometemos muchos errores y nos da miedo asumir las consecuencias; pero luchamos por salir bien.

 

Al abrir la tercera puerta de nuestra vida, la de los treinta, nos abrimos a un cosmos mucho más elaborado; y cómo no, si se supone que ya estamos preparados para comenzar esta competencia en la que sólo nosotros saldremos victoriosos o derrotados. Somos ese grupo de hombre y mujeres que estamos listos para gobernar nuestro propio entorno, dejando a un lado mezquindades y poner los pies bien puestos sobre la tierra. Somos hombres y mujeres listos para preparar a nuevas generaciones con nuestras experiencias, con nuestras bondades y errores. Entablamos una delicada, pero firme, comunión con nuestro interior, empezamos a madurar de verdad.

 

Buscamos, la mayoría, otro tipo de relaciones, ya no tan fugaces ni tan superfluas. Buscamos compañerismo y amistad en nuestros encuentros. Y si bien, aprendemos a decir “no” tal cuál y suena.

 

En mi caso, puedo decir que comienzo a preocuparme más por lo que como, el ejercicio, las temperaturas en el día, sentirme como me veo.

 

No, la juventud ni las oportunidades se van cuando estás preparado. Cuando te sabes fuerte y con mucha más energía, esa que va acompañada de cimientos bien sólidos, para salir a romper bosquejos creados por otros y tomar decir “éste soy yo, y nadie más”.

Finalmente, mi cumpleaños número 30 se tornó en algunas reuniones, pequeñas pero enormes en amor y cariño, esbozadas por amigos, familia y las personas que más amas y te aman en esta vida. Una visita al cine y un delicioso y enorme pastel.

 

 

Y recuerden, “La juventud la llevamos en el alma y en el pensamiento”. Recuerden que quienes discriminan de distintas formas siguen aportando su granito de arena para esa enorme montaña de violencia social.

 

 

IMPORTANTE: Copyright © 2012 Israel Mendoza Torres. La columna ‘Cardinal’, así como El logotipo y nombre de ‘Cardinal’, están resguardados bajo los términos del Derecho de Autor. Prohibida su reproducción parcial o total sin autorización por escrito de su autor.

 

© La vida no es más que el fruto de lo que vamos construyendo. No hagamos lo que no queremos que un día nos hagan a nosotros; porque el tiempo es sabio y pone todo en su lugar, tarde o temprano. . . No hagamos sexo por el simple hecho de hacerlo; porque las enfermedades serán la peor consecuencia… La mejor arma contra la ignorancia es la lectura; aprendamos a leer más para ampliar nuevos horizontes en nuestra mente…

 

 

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¡Hasta la próxima!
 

 
 
 
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